La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune, crónica y sistémica que se manifiesta en forma de inflamación de las articulaciones, provocando dolores, caquexia (pérdida de células de masa muscular), pérdida de fuerza y tienen dañadas algunas funciones físicas. Estos síntomas se manifiestan por crisis, de forma que hay momentos más álgidos de dolor.

El sedentarismo de estos pacientes es un círculo vicioso, en cuanto a salud se refiere, puesto que acelera los síntomas y la progresión de la enfermedad. La práctica de actividad física regulada, adaptada y dirigida, ayudará a frenar el avance y a mejorar su calidad de vida.

Según el ACSM hay una serie de beneficios derivados de la práctica de actividad física de forma regular, los que nosotros vamos a abordar van a ser los centrados en los beneficios para la artritis reumatoide.

Mejoran la capacidad cardiovascular. Los pacientes con artritis reumatoide presentan un 20-30% menos capacidad aeróbica que la gente sana. Tienen el colesterol elevado, la presión arterial alta y baja densidad de niveles de lipoproteínas. Todos estos factores hacen que el factor de riesgo cardiovascular aumente considerablemente. Por eso es importante la práctica de actividad física, porque puede tener un gran impacto en su calidad de vida y longevidad.

Aumentan la fuerza y la masa muscular reduciendo la adiposidad, sobre todo la grasa de la zona abdominal.  La debilidad muscular contribuye a la fatiga, aumenta el riesgo de diabetes y los problemas cardiovasculares. La caquexia está presente en al menos el 50% de los pacientes, pierden la masa muscular pero no peso como pasa con enfermedades como el cáncer, con la artrosis reumatoide se pierde la masa muscular pero se incrementa la grasa haciendo que aumenten los factores de riesgo anteriormente mencionados.

Mejoran las funciones físicas, proporcionando una mejor calidad de vida puesto que la realización de las tareas cotidianas no resulta tan ardua.

Todos estos beneficios se consiguen a través de una práctica de actividad física regular. Esto significa, que la actividad física tiene que ser un estilo de vida, puesto que en el momento que se deja la actividad, las mejoras remiten.

 

El tipo de actividad física que se debe realizar siempre ha de estar adaptado y personalizado a las necesidades y momento de dolor en el que se encuentre el alumno/paciente, y hay una serie de actividades, ejecuciones, intensidades, frecuencias y volúmenes de trabajo que son más beneficiosos que otros. El tipo de trabajo que podemos realizar lo veremos más adelante en el siguiente blog.

Como anticipo, queremos comentar que, como se ha demostrado a lo largo del tiempo, el entrenamiento de resistencia progresivo es uno de los más beneficiosos. Hace años se pensaba que el trabajo de fuerza era contraproducente para este tipo de pacientes,  puesto que podía dañar las articulaciones. Pero los estudios han demostrado que no sólo no es perjudicial, sino que incrementa la masa muscular reduciendo la grasa corporal (especialmente la del tronco), mejora la fuerza y las funciones corporales incluso a intensidades medio-altas de trabajo, fortalece y proporciona elasticidad y lubricación a tendones, ligamentos y cartílagos, haciendo que las articulaciones sufran menos. Una muy buena actividad es la práctica de Pilates.

A este tipo de trabajo tendremos que sumar el trabajo cardiovascular, el de flexibilidad y el de equilibrio. Pero como comentamos, en nuestro siguiente blog profundizaremos un poco más.

Un aspecto más y muy importante es la percepción que tienen las personas que padecen esta enfermedad con respecto a la práctica de actividad física. Sus percepciones y sensaciones son indispensables para poder modificar todas las pautas necesarias. Todos ellos ven la práctica de actividad física como parte del tratamiento, de forma que el trabajo complementario de médicos, fisioterapeutas y entrenadores debe ser lo más complementario posible para conseguir las mejoras que pretendemos.

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Neurodinamia y dolor lumbar

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